viernes, 18 de septiembre de 2009

Cuento

Falo, palabra misma del deseo.

Falo es un objeto puntiagudo, grande, fuerte, pequeño si necesario. Falo es en fin la única manera lógica de describir al sándwich. Sándwich de mi alma, calma de mi alma. Como describir, sin entrar en puras facilidades sexuales, el cebo de la mayonesa, el sobo del tomate, el frío del huevo. Huevo, huevo es otra manera de decir falo. Falo es el sándwich, sándwich es la panadería. ¿Qué panadería? Aquella de donde emane el deseo a hedor de mostaza rancia, a gozo de jamón pasado; el deseo es la cueva húmeda de donde salen y entran millones de falos. Cocinas sedientas, de ahí salió mi primera erección panadera, de ahí salió mi último suspiro de mozo.

Había calor, goce de mi alma, panadera de ensueño. Senos turgentes, sus nalgas puntiagudas. Todo vuelve al sándwich; contra el sándwich, contra las líneas completas de pan crujiente amasados por las manos de la panadera; sus manos estiran mi espalda, sus unas devoran mi cuerpo; agua, quiero de tu agua. Es mayonesa, la mayonesa enfría mi cuello en llamas y el sándwich abre mis músculos frotados con centeno. Es pan de centeno es espiga de deseo. Deseo: falo es la palabra misma del deseo.

Despierta no sueñes. La Mie caline no tiene mujeres bonitas. El sándwich entre las manos de las boteras se vería como un grotesco acto de vuelo mal logrado, para quién conozca lo que es un zamuro, un vautour. Son más como un pájaro dodo con un pene erecto en la mano, para quien vea que es una gorda vestida de torero hasta a las más bajas temperaturas, comprenderá que es el deseo en la Panadería.

Es grasa con mayonesa, son pezones del tamaño de un frasco de confitura, sus senos tienen la textura de gel de ducha con levadura. Piernas de salchichón con madre perla de sudor brillante de días de sucio. Son kilos de piel mezclándose con mis dedos de mantequilla, son nalgas varicosas, del color del tomate violeta, que colora mis dientes con el sabor de la canela. Su boca es papagayo, todos los colores brillan, todos los olores saltan. De la carne podrida al dulce de manzana.

Su sexo exhala éxtasis de frambuesa. Sus ovarios crecen al barniz de la leche. Dulce de leche, tu cuerpo es gordo, tus brazos son gordos, tu boca es gorda, tus labios, son gordos. Gorda, hay tiempo para desear, la gorda de la Mie caline es infinita no hay tiempo para un sándwich, la cola de la Mie es infinita. ¿Para qué hacemos cola?

No, no pienses eso, el tipo de la Mie Calina no está bueno NO; el sándwich no parece un huevo, no es un falo.

Coňo! Es el lugar del deseo!

lunes, 14 de septiembre de 2009

Vestido de Mariquita

Te voy a contar un cuento,
Seguro ya lo has oido,
El de un niño distraido
Que via lobos en el viento.

Este es un cuento de muerte
Yo le quitaré el ardor,
Es el de un chico con suerte
Con moraleja de amor.

Grita, grita, lobo, lobo
Y en seguida lo rescatan
Grita, grita, lobo, lobo
Y a la cuarta ya se hartan.

Piensa ahora en otro niño
Flacucho y atormentado
Tortuoso y atolondrado,
desprovisto de cariño,

El gritaba a viva voz
El amor, amor, amor
Cantaba cual ruiseñor
Era un idiota precoz.

De a poco fue descubriendo,
Que el canto no serviría
Que ninguna melodía
Lo llenaría de encanto.

Se sentía destrozado
Porque nada se podría
Ni vivir como él vivía,
Ni cantar en el pasado

Fue entonces cuando la vió
Una hermosa mujercita,
vestida de mariquita
Y ahí mismito cambió

El canto se volvió broma
La gracia le dió alegría,
No pasaba ni un día
Sin subir hasta su loma.

Al alborear despertó,
Cruzó el camino florido
Y ahi este canto entonó,
Ya se había decidido

Llevose el viento a la música
La escondió en su cabellera
Perfumó el viento a la música,
Y versó de esta manera

Esta mañana cantaron
Los pájaros en sus nidos
Cuando los astros murieron
Unidos y enrojecidos.

Esta mañana fue un baile
De lunas multicolores
Esta mañana fue un baile
Que arropaba mis temores.

Esta mañana abrigaron
Los olores mi camino
Y las gardenias pintaron
El paso de mi destino.

Esta mañana rosaron
De la tierra hasta mi mente
Los colores que tornaron
A mi canto vehemente.

Esta mañana surgió
La más bella melodía
Una profana letanía
Que nuestro amor desnudó.

Esta mañana declaro
Que yo, estoy enamorado.
Somos testigos y aclaro,
De ti, estoy Enamorado.

El viento hizo su mandado
Y todito recitó
A la bella del plateado
Cuyo rostro sonrojó.

Pero el cuento no termina
En un pequeño salón
Termina en una cantina
Con un imberbe llorón.
Vengan que voy a contar
Un cuento de desamor
Más cerca! Voy a narrar
Una respuesta de horror.

Con la diestra dibujó
A la sentida pasión
Y con la zurda calló
Su sonriente reacción.

Hay, que hermoso amigo mío
Que bonita esa canción,
Si de la letra me fío
Yo caigo en la tentación.

Ah! Que bien que le conozco
Cuan feliz me siento ahora,
De no saberle tan tosco
Sería una pecadora.

Con una pequeña risa
Ella destrozó al ardor,
Y le devolvió a la brisa
En jirones al amor.

Le devuelvo su delirio
Mentiroso ruiseñor
Su menjurje es un colirio
Contra quien canta al amor

Al enano

Desde el fondo del abismo
Se oye un grito sepulcral;
Llora un niño con su yelmo,
Se esconde del vendaval.

El abraza fuertemente
A su único amigo leal,
El Hierro es vehemente
Lo esconde del vendaval.

Pierde su voz el infante
Es ese mar desleal;
Con su arullo penetrante,
Lo esconde en el vendaval

A lo lejos se hoye hermoso,
De la parca el recital,
Le susurran al precioso,
Le ocultan el vendaval.

Es de metal la cabina,
Le hatan con fuerza un ramal
Que envía la tremolina
Al fondo del vendaval.

El niño muerto despierta,
Es su lamento un caudal,
Que cobija la tormenta
Y que esconde el vendaval.

Se salva con la violencia,
Con el estruendo abismal
Que mata con deferencia
La fuente del vendaval

Gélido asesino, fierro
Angelical!
Protéjelo en el destierro,
Del vendaval!

Comptine

Sobre una mesa de noche
Muy bonita de verdad,
Había un jarrón de flores
Que sonaba pa pa pa.
El jarroncito era verde,
Estaba hecho de cristal,
Y cuando se hacia tarde,
Como a las seis y no más,
Cuando la noche se viste
Con el color de un volcán,
Cuando el color se diluye
En el cielo de cristal,
Cuando suspira la gente
Bajo del magenta alfar,
Cuando se aviva el coraje
Y cuando se compra el pan.
A esa hora indolente
Bailaban sobre la mesa
Los colores de la noche.

Porque la mesa era roja
Y el jarroncito era verde,
Se citaban las estrellas
Para brillar de repente.
Contra la cámara candida
Olvidaban lo que fue
Y las chicharras borraban
Con la brisa el recuecue.
Y la mesita arrullada
Con las ranitas bebe
Suavemente tiritaba
Y se dormía de pie.
El jarroncito seguía
Pintando su horizonte,
Con manchas verde de luna,
Con recuerdos de su monte,
Con bichos muertos de día
Que se vienen a esconder
De aquella mancha roja
Que despierta el recuecue.

Porque de día despierta
Nuestro jarroncito fuerte,
Cuando se hace temprano
Como a las seis y no más,
Cuando el solsito se viste
Con el color de un volcán,
Cuando el color se diluye
En el cielo de cristal,
Cuando suspira la gente
Bajo del magenta alfar,
Cuando se aviva el coraje
Y cuando se compra el pan.
Cuando se escucha de nuevo,
Con su mermado papa,
Al baile de los colores
Por sobre un verde cristal.
A esa hora indolente
Duermen ya bajo la mesa
Los colores de la noche.

Oriente

Mis pies pisaban la arena caliente de la península de Araya. Me tostaba bajo el sol del medio día, estaba perdido en un lugar desconocido de dios y de cualquiera de sus ángeles. Por cada malecón, por cada puerto, por cada pueblo por los que había pasado pensaba en cuanto mi espíritu había crecido en estos últimos días; mi imaginación había sin duda alcanzado su limite. La población vivía en un estado paupérrimo e invariante; todo giraba al rededor de un plaza Bolívar, maltrecha por la naturaleza, que daba a la iglesia y a la panadería. Pero mi cuerpo no sentía piedad; no estaba melancólico ni triste. Pasaba por una tierra que nunca hubiera imaginado ni en mis sueños, no por la belleza de sus casas ni por la inponencia de sus edificaciones, sino por la humanidad y el cariño de una gente cuyo día a día era el sopor. Mis pasos le marcaban el ritmo a mi alegría; corría , saltaba, me volteaba, zizgzageaba, me movía hacia todas partes, el mundo era un lugar alegre, debía serlo, tenía que serlo. Mis piernas sentían el ardor de mis dedos desnudos al hundirse en la arena. Nada me molestaba, todo era hermoso. En ese momento, por mi cabeza sólo pasaba una cosa, era una canción, que me daba vueltas. Una letra escuchada a regañadientes en una reunión familiar era la única señal de que mi espíritu todavía pensaba, de que no estaba soñando; esto no era el paraíso, era la tierra y todo era real. Tarareaba la melodía esperando a que el final de la canción volviera a recordárseme.

"Es que en oriente mi hermano, la mar tiene otro color" Si, así era, y por ahí empecé a divagar. El océano dibujaba en la lejanía el reflejo del sol, los hermosos colores del atardecer pigmentaban el agua a toda toda hora de una belleza poco ordinaria. Y es que "el amarillo del sol es un poco azafranado", como no iba a serlo si todo ahí era hermoso; Todo era diferente, extraño, extraordinario; fue en oriente donde le tomé la mano, fue en oriente donde la besé. La veía, la música la hacía resurgir, brillaba como el sol que cantaba esa canción; su belleza me encandilaba.
Sin hablarle, le tomé la mano y caminamos, el amor nos comunicaba y su belleza me callaba. El sonido más fuerte era el de mi corazón latiendo con velocidad en un pecho que se sentía estallar; y su belleza me apaciguaba. Me veía, la veía, vestía una fina tela blanca, cándida como la arena; su piel dorada brillaba y el blanco la delineaba perfectamente. Era hermosa, caminamos por las playas interminables; el azul y el blanco se chocaban con fuerza para acariciar nuestros pies cansados. El viento nos elevaba mientras la sal se nos incrustaba en la piel, tuvo que haberme dolido; pero su belleza me tranquilizaba. Caminamos y caminamos sin decir una palabra, ningún sonido salía de mi boca ni de la suya, que extraño que su recuerdo me viene en forma de melodía. Miraba sus labios un poco resquebrajados por la sal y el sol, su boca era irreprochable, sus labios carnosos me decían algo, no entendía que era. El ocaso se dibujaba en el infinito y nosotros dos seguíamos tomados de mano; esto nos acercaba, nos recordaba nuestra proximidad. Ya el mundo había desaparecido y su belleza me elevaba. Flotábamos sobre la arena que se volvía nuestro cómplice; ella reduciría su ardor y nosotros nos acostaríamos. La veía, me veía, y todo era mágico, su belleza me incitaba; le acaricié el brazo y me recoste sobre su barriga. Su respiración era delicada, el calor de un día de marcha le había puesto el vientre ligeramente tostado. Me volteé a verla, su cara daba al sol que poco a poco perdía su fulgor. Su belleza me insinuaba a amor, sus labios querían hablar pero la naturaleza no los dejaba.

"Y la luna es una flor que perfuma con amor a quien está enamorado". Su cara dejó de brillar bajo el sol y empezó a reflejar el plateado de la luna; la sal que se nos había incrustado en la piel durante todo ese día, la ponía a brillar. Tenía frente mío a la estrella más hermosa de todo el firmamento, era mía. La luna de oriente, otro de nuestros cómplices, restregó sobre nosotros lo que hace falta para amar. Me subí poco a poco sobre el cuerpo brillante de luna y la besé. Fue un beso inolvidable. Y todo volvió a ser mágico de nuevo, me sentía volando sobre la arena, el aire me elevaba, pero esta vez, su belleza me tranquilizaba; nuestro amor le pertenecía a la tierra y a nadie más. La blanca tela que la cubría seguía el vaivén del mar, ella era lo único que se podía ver en la oscuridad. Vencí al viento y tomé lo que quería quitarle. Quería vestirla de noche, quería que reluciera, quería verla a ella sola, quería que fuera mía. La luna me indicaba lo que debía hacer, la arena me susurraba los secretos del amor y yo me uní a ellos. Formaba parte de la oscuridad que se callaba para admirar el secreto de una perfección hacía mucho tiempo perdida. El desnudo de este cuerpo era único, lo toqué con delicadeza. La buscaba; rocé sus labios, los besé, sentí su cuello, lo besé, mi mano iba bajando por su piel y mis labios iban detrás de ella. Acariciaba todo su cuerpo, besaba todo sus cuerpo; su belleza me enseñaba. Los besos caían de ambos lados, su piel me era conocida, mi cuerpo se sentía relajado. El tiempo se había detenido pero seguíamos existiendo; era un amor que sólo se podía encontrar en la tierra. Al pasar mi mano, sentía como su espalda me acompañaba con escalofríos. Pensaba en la única parte de la letra de la canción que pude recordar para ese momento,"las muchachas hacen monerías decentes". Sonreí, y empecé a amarla, la luna me aconsejaba y la arena la soportaba. La cubrí de besos y ella a mí; el resultado de tanta pasión, de tanto amor, empezó a hacernos brillar. Lo que empezó siendo una estrella, era ahora inmenso, podría ser una galaxia; su belleza me engrandecía. La arena luchaba por quitarnos nuestro brillo, a cada vuelta que dábamos sobre ella nos arropaba; nos intentaba calmar, pretendía quitarnos el fulgor. La luna luchaba de todas sus fuerzas, intentaba defendernos. Sus manos me acariciaban la espalda, las piernas, me besaba el pecho, el cuello. Yo la veía, la besaba; su cuello, sus senos, todo lo que mi boca pudiera alcanzar caía bajo el peso de mi dulzura. La noche se pasó entre amor y besos, pero el día llegó. Ella siguió su camino, yo el mío. Antes de separarnos, yo le dije "Adiós", fue lo único que le dije, pero ella me respondió con símbolos que era muda. Que amor tan magnifico, que increíble experiencia la de amar sin una palabra; amé por amor.

Hombre de los labios de nacar

Soy el hombre de los labios de nácar, mis ojos brillan de fuego. Mis pupilas son negras, mis pestañas son negras, mis uñas son negras, mi piel es negra como el azabache; soy mulato nacido, soy oscuro escondido. Vivo de noche, vivo dormido. Sombra me dicen algunos, papito me dicen los míos: las mías diría mi padre, aunque no lo haya conocido. Mis besos besan de blanco que así yo lo he aprendido, con las mujeres que caen entre mis brazos dormidos. Sabroso que se me duermen, duermen muertas de frío, duermen sonriendo de miedo, duermen gimiendo de hastío.

Mis trenzas son verdes de agua, azules de agua de río, son rojas de tierra con frío; son rojas de sangre con el hambre de las mujeres que ríen conmigo. Mis pies son plateados de luna, son morados de frío, son rasgados de vida, rasgados de asfalto, rasgados de vidrios. Por mis venas corre el silencio, de eso que yo he vivido, corre el aullido en la noche de los que visto con frío. Mis nudillos sudan las venas del que me vio dormido, del que me perló la cara de rojo líquido vivo. Su vida sabor de hierro, se entregó en un chasquido del que me robó mi casa que es el puente del rio. Esta noche es sin sueño, que vienen los hombres vestidos, cuando se adornan los puentes, de perlas del que ha vivido.

Sobre mis labios en fuego, rieron los grandes erguidos, mientras mis brazos púberos, se desvirgaron en un latido. La sangre siempre brota, siempre se quedan dormidos: los hombres escupen de blanco, las mujeres lloran de frio. El vidrio baña mis ojos, que brillan como prendidos, como prendidos de miedo del que se ha defendido. Acuño en mi pared de mármol la marca del que ha sido, mientras escurro las perlas del que ha muerto de frío. Si es hombre, beso su frente, si es mujer la llevo con migo, la limpio, la baño y la entierro, como yo lo he aprendido; besos sus labios sin aire, que sonríen conmigo, que ríen mientras se pierden, por los torrentes del río.

Mis piernas son escarlatas de los recuerdos del río, de los hombres injustos, de las mujeres sin frío. Mis labios corren con prisa, quieren quedarse dormidos, pero dormidos muy lejos, lejísimo del río. La noche despierta temprano, cuando me encuentran dormido: mis labios llenos del nácar del que quería a su amigo. Besó mi frente, mi boca, mis pies y mi ombligo, luego adorno su cara de las perlas de mi tío que robó de mis piernas abiertas con un cuchillo; baño su rostro de las perlas de mi madre, de las perlas de mi amigo, de las perlas de mi amante, de las perlas de su prima, de las perlas de su padre, que se fue a vivir al río, cuando lo botaron a palos por ser un hombre bandido; sus manos pintaron mi rostro con un poco de agua de río, que despertó en mis piernas el último chorro de frío.

El alba bañó mis labios de los matices del río, que al despertar bosteza, en torrentes de rojo vivo. Las perlas bailan conmigo, mientras me lleno de frío y mis piernas deshechas acompañan, al río bravío. Mi cuerpo se volvió cuña en los recuerdos del vivo y mis recuerdos murieron con los colores del río.

jueves, 11 de junio de 2009

Corrio en Poitiers

En mi patria hay la costumbre
Que hombre que saca el puñal
Si es macho mata de Frente
Y no se pone a cantar.

Que "si mi honor esta en juego",
Bravío no ha de llorar,
Ni de esgrimir pataleta,
Ni un ademan altercar,
Ni con vanas amenazas
A otro hombre porfiar,
Que hombre que amaga en secreto
Solito se ha de calmar,

Si quiere llegar a viejo
Que muy jovencito esta.
Atrévase buen amigo
Yo también me se pelear

miércoles, 27 de mayo de 2009

Cuando fue la primera vez

Hay música de fondo, suena a fiesta. Un grupo de personas está hablando, otro está tomando. Un joven y una joven se ven, comienzan a reírse y a embriagarse. Un hombre corre eufórico por el escenario, toma una botella y se la muestra a los presentes, mientras el volumen de la música va subiendo poco a poco. Otro hombre recita un poema que se oye por sobre el ruido. Los actores comienzan a caminar en desorden haciendo un escándalo abrumador. Cuando el sonido se vuelve opresivo, el escenario se congela y se descubre a los dos jóvenes besándose. Vuelve la poesía, vuelve el escándalo, vuelve la música a todo volumen; sube la intensidad del beso.

Caen los dos jóvenes al suelo riéndose y besándose. Le siguen los actores que estaban corriendo: de dos en dos se encuentran y comienzan a abrazarse, luego caen dormidos sobre el suelo besándose suavemente; la música sube cada vez más de intensidad. El de la botella se topa con una mujer de grandes senos y se queda dormido sobre ella, mientras esta sigue de pie; la mujer se acuesta con el de la botella. El de la poesía dice "buenas noches" y abraza a la última mujer que está parada y que nunca se movió; se acuesta con ella. Se apagan las luces.

El escenario es realumbrado por una lámpara sobre una mesa de noche. Sobre las tablas se puede ver a la derecha de la lámpara encendida, un colchón puesto longitudinalmente; a la izquierda del colchón, esta otra lámpara sobre una mesa de noche. Los jóvenes que se besaron de primero están acostados sobre el colchón. Los cuerpos de las parejas acostadas siguen sobre el suelo salvo que los hombres se encuentran sin camisa, y las mujeres sin pantalón.

Ella pone su cabeza sobre su pecho, lo mira a los ojos y voltea hacia el público.

"- ¿Cuándo fue la primera vez?

-No sé, no sé cuando, ni cómo, ni por qué me acerqué a ti.

-¿A qué olía? ¿ Qué tenía puesto? ¿ De qué color eran mis zapatos?

-No sé, no sé por qué me atrajiste, no sé que vi en tu cara, ni en tus ojos, ni en tu sonrisa.

-¿Qué decía? ¿Cómo hablaba? ¿Cómo me movía? ¿Qué llevaba en la mano? ¿Qué tenía en el pelo? ¿Mordía mis labios?

-No sé, eras la hermana de alguien, eras pequeña, extrovertida y divertida; eras alegre, cínica y malvada; eras hermosa y repulsiva; eras cortante, desesperante, inteligente, inmadura, imperfecta, impaciente, atractiva y tetona. Eras el amor de mi vida.

-Qué divertido.

-Eras perfecta, encantadora, eras pérfida, asesina, eras sensual y divertida. Eras la hermana de alguien, eras el fruto prohibido; eras pequeña, malcriada y me mirabas con desprecio. Fueron tus ojos, sí, fue tu mirada cautivante, fue tu mirada de miedo. Fueron tus bucles castaños, con sus perfumes castaños y tu sonrisa de plata.

-¿Pensabas en mi? ¿Llorabas por mí? ¿Escribías de mí? ¿Hablabas de mí? ¿Versabas para mí?

-No.

-¿Vivías por mí? ¿Soñabas de mí? ¿Morías por mí? ¿Cantabas por mí? ¿Tocabas por mí? ¿Me amabas a mí?

-No. Amé a tu hermana a tu vecina, Busqué a la dulce a la concina, Sufrí a las hojas de la encina.

-¿Y cómo te fue?

-Perdí a tu hermana, a la concina, Perdí a la dulce, a la vecina, Sufrí a las hojas de la encina.

-¿Por qué no hablaste, ni me llamaste, ni me escribiste, ni me besaste?

-Eras extraña, eras pequeña, me intimidabas y me alocabas.

-Te gustaba.

-Eras la hermana de alguien. Tus labios eran suaves, tus ojos eran claros, tu cabello era oscuro. Tu boca me llamaba, tu risa me incitaba, tu lengua me miraba; tu culo me atraía.

-Te gustaba.

-Olías a parchita, olías a mandarina, olías como a mango. Olías a Chanel.

-Te gustaba.

-Eras el púrpura de la tarde y el azul del mediodía; eras el anaranjado del bucare y el mes del amarillo en flor; eras el plata de la luna.

-Te gustaba.

-No. Nunca te vi, ni te busque, ni te soñé, ni te deseé. Eras la hermana de alguien.

-¿Era el fruto prohibido? ¿Era encantadora, sensual y divertida? ¿Era pequeña?

-Si, por eso nunca amé, por eso me retuve y por eso lo dejé."

Ella se le aproxima, lo mira a los ojos con dulzura y acerca sus labios a los de él. El enseguida busca el beso, pero ella le pone los dedos sobre los labios y apaga su lámpara. Y en la oscuridad se oye.

"-Me gustan tus labios, me gustan tus ojos, me gusta tu aliento. Me gusta el recuerdo, me gusta el piropo, me gusta el futuro (se oye un beso). Me gustó tu risa, tus chistes, tu cuerpo. Me costará el despido, el olvido y el perdón. Me halagó el discurso(se oye un beso). Pero es mi vida, es el ya, es el ahora…Hasta luego, fue un placer."

Y junto a todas las mujeres del escenario, se levanta y baja al público con su pantalón sobre el hombro.

viernes, 22 de mayo de 2009

De qué color es el sol en Estocolmo?

“¿De qué color es el sol en Estocolmo?”

Nunca he ido para allá, vengo de Venezuela, salí hace tiempo. Lo último que comí fue mango, me gusta el mango: me gusta el mango que hace mi mamá.

Me gusta el mango en abril; es época de mango y de bucare. El cielo se tiñe de concha de naranja sanguinolenta y las aceras se perlan de frutas caídas. Piedras y frutas, por meses enteros mi alegría vestía de amarillo. Mis encías áureas, se ataviaban de hebras de los despojos de nuestros embistes al cielo. Envites a la diosa fortuna, rogándole jugo después de la escuela. Un día le cogimos el truco al juego, las ramas dejaron de ser nuestros monstruos y los mangos se volvieron frutas, cada vez mas frutas y nada más. Dejamos de lado la conquista del mundo a pedradas y comenzamos a soñar en béisbol, en fútbol, en ajedrez. Edwin dejó de ser fulano y Darlin cambió de apodo. Las esquinas de las calles comenzaron a volverse grises. Los días perdieron colores, las noches nos iniciaron a la intensidad de las luces decembrinas. Diciembre comenzaba en octubre y se iba con pacheco.

Nuestra boca se llenó de palabras nuevas, triqui traqui, tambor. Lo que antes eran mariposas misteriosas de capullos sorprendentes se volvieron luces de olores a fósforo, nada se escapaba de la brasa que emanaba de nuestros brazos hercúleos, de nuestros cuerpos invencibles. Aprendimos un veinticuatro a temer al sonido, mientras aferrándose de nuestros hombros, ella se acurrucó buscando compañía. Un Año nuevo, aprendimos a alcoholizarnos y a verla con desdén, para despertarnos con remordimiento. En carnavales Utolina se llamó levante, Augusto, novio. Descubrimos la fantasía del fantoche, el color del maquillaje y los olores rimbombantes de  la colonia barata. En la arena vislumbramos el significado de la calma, vimos las gaviotas, aprendimos a hablar de nubes. Con las nubes vienen los sueños, no tan lejos está el horizonte; y con su mano en mi mano, escuché un latido y con su cuello en mi pecho escuchó dos; con su sonrisa en mis ojos me le presenté a la noche y con su carro allá lejos desdibujé al recuerdo.

Con Alberto y Rodrigo nos interesamos por las ascuas y con el grito magistral de la muerte del redoble del último cañón, con el redoble atolondrado del último Calipso madrugador, redescubrimos el suave repiqueteo alegre de los mangos nacientes. Los mangos compartidos saben distinto, embriagan. Tiñen los dientes como siempre lo hicieron, con el velo precavido del secreto inseguro; las bocas amigas cambian hasta convertirse en trofeos de la noche, en frutas nocturnas. De día, las piedras empezaron a rajar las palmas de las manos entumecidas de horas de conversación, bajo la música de infancia, frugal y aleatoria. El amarillo siguió siendo bonito; desde los albores del sol, a pesar del tiempo, el amarillo siempre ha guardado un aire especial que impele a estrechar las manos con lo intangible.

 A veces sólo a veces, sientes un ligero aplauso cuando los dedos, en vez de rasgar el aire, acarician dedos contiguos y se dejan llevar por la brisa calentita de la semana de libertad. Semana de araguaneyes en la que el sol se pinta del color del sol y el cielo del color de sus ojos y los troncos desnudos, del color de sus labios; y su sonrisa cierra los ojos y la tuya se deja embriagar caminando despacio.

Cuántas cosas pasan entre un bucare y un araguaney, cuanto esfuerzo para decir: “Amarillo, que es mi color preferido”.

Loco

Un hombre no está hecho para vivir solo. ¿Quién me dijo eso? Mi ex.

 Quien ha visto a los ojos a la locura y ha hablado con ella sabe que la locura tiene cuerpo de hombre. La locura no es evidente, ni se huele ni se toca; la locura es a veces tan solo una frase. Pero si así lo sienten, vean al loco del pueblo a los ojos; señálenlo del dedo y rían de su melena aceitosa y nacarada. Si para sentirse humanos se vieren impelidos al escarnio del hombre de la barba de papel, rían, rían, y recordando el calor de su risa llena de sopa y cerveza de hospital. No viertan sus lágrimas; él nunca ha llorado, pues solo la felicidad permanecerá sobre su memoria. Una sola vez sintió piedad y la quemó en esa mirada, durante el suspiro de sentimiento que le espeto al amigo que lo salvo del hambre...y de la bebida como le respondieron. Si solo supieran, fue una gracia de esas que uno entrega inmerecidamente a lo incorpóreo, cuando bastaría dársela a los hombres. Hombre de hombres, eso era él. Nunca tuvo nombre, le decían tú, le pagaban en el hospital, cuando iba una vez al mes a jugar a la coctelera. Yo lo sentí. Puede que en ese restaurante de estudiantes me haya equivocado, que haya sentido querer conocer al loco de la barba acartonada de colores de sopa y carne; puede que en eso, buscando alucinar, imaginé el cambio de sabor del aire. Pero mi loco existe y a lo pasado, les regalo una historia de vida.

 Pagué, me senté, lo vi. Me vio, me pidió compañía. Le rogué con la mirada, le respondí con frialdad o gentileza, no recuerdo. Me preguntó mi nombre, mi nombre era un nombre raro me dijo. De América latina, extraño. Como alguien de tan lejos llega a este pueblo de tiempo desrazonable. Trabajo en el hospital, de conejillo de indias. Nunca he estudiado, fui un niño autista. Si hubiera sabido que existía el servicio militar. Pero he viajado, no te creas, londres, paris, italia, alemania. Eso sí, siempre cerca de aquí. Amé como se tiene que amar, he sufrido, pero quién no ha sufrido de amor. Dime tú que te veo con juventud. La vida no me ha tratado mal, he viajado, he querido, he deseado, dos o tres veces he fallado. Sabes que es lo único que le critico a la sociedad; que el día que aprendí a hablar, me mandaron a callar, rio delante mío. Viejo ruidoso y loco. Yo también he viajado, yo también he querido. Imberbe de mí, nunca podría haberme vanagloriado de tus cachetes espichados y peludos, pero en mis facciones de inexperiencia, guardo eso que tú atesoras: tu unicidad. Joyero míranos a ambos y siente que somos diamantes impuros, véndenos caros, porque de esos ya no quedan en los mostradores. Venga viejo baile con migo en el medio de esta cantina, son las ocho de la noche y todavía quedan rayos de sol. Escucha la rocola entre la mayonesa y la mostaza. Si quiere embriagarse chupe su propia sangre.

 Bailaron en el medio de las mesas con las miradas incrédulas de los comensales de las primeras horas de la noche. Bailó un niño con nauseas de la proximidad de un viejo mareado de vino acompañándole el paso. Se les oyó decir frases a lo lejos, el viejo preguntaba porque no vendían vino y el joven porque no regalaban perfume. Hablaban sin razón, hablaban con libertad, no que nadie estuviera contra la posibilidad de hacerlo, pero ellos lo hacían con parsimonia. Hablaban  de hospitales y de historias como si de eso se hablara todos los días. Tarareaban sones distintos y bailaban pasos distintos, y no se tomaban en los brazos porque no estaban dando vueltas por amor hacia el otro sino por alegría. La gente los veía. Un hombre les pasó por el lado y los atacó, yo soy filósofo y si algo he descubierto en mis estudios, es que en la búsqueda de la felicidad siempre te tomas un muro en la frente. Pero la memoria los hacía retorcerse al ritmo de sus males y sus recuerdos silenciosos; quien buscó atacarlos, ahora se alejaba al ritmo de su manera de ser, silencioso y pesado con la cadencia del pistonéo de un tren saliendo de la estación. Parecía improbable que alguien se sintiera atraído por dos seres moviendo sus soledades sobre la música intangible del recuerdo. Las puras vivencias, les llevaban el tempo de los tonos, que de vez en cuando explotaban en gritos de saliva, cayendo sobre el suelo, para morir en los tímpanos cada vez más excitados de los espectadores atónitos. En algún momento pensaron en el mismo valse. Y se salieron del cuadrado en el que habían saltado con el orden con el que explotan las ideas escondidas; comenzando a dar vueltas, tomados en los brazos, por toda la sala. Hombres borrachos, nadie nunca supo de que substancia, chocaban mesas, tumbaban gente y tiraban sillas. Su público sin aire no se enfadó como lo hubiéramos podido haber esperado, sólo, sin una palabra, en compañía, pero vacío, como absorbido por los expositores de historias atosigantes, como llevados por el mismo alcohol del que parecían ser súbditos. Aunque locos aunque únicos, aunque solos; por más que pareciera innecesario, por más que se arriesgara con esto, el rigor mismo del porte, la gente se dejo invadir por el veneno. Uno a uno con nauseas y temblores, se levantaron todos, invadidos por un líquido frío. Obligados por los únicos con movimiento en ese mundo de sorprendidos, todos reaccionaron al mismo tiempo, haciendo lo que les pareció mas oportuno. El del pelo negro y pegantina, se arrancó las cejas y con gritos de desespero desfiló mostrando sus incisivos y gimiendo frases incomprensibles, lloró por el perro perdido hace diez largos años. El de la barba parda metía sus dedos dentro de su boca y estiraba sus mejillas hasta que la baba comenzó a salir de su boca y agitó su cabeza en negación violenta, bañando al pobre enano que saltaba verticalmente. El gordo decidió escribir en sus brazos el nombre de su tercera maestra. Lo escribió con la puta del tenedor y sangraba su piel y su cara impávida mantenía un extraño reflejo de satisfacción. La mujer del cáncer de mama se busco un melón que se escondió en el sostén. La vieja temblando lloraba y le recordaba a su madre que si podía hacerse trenzas. Se mojaba con el agua de sus lágrimas y decía viste mamá que no se me cae, se abrazaba con pasión, viste que me veo bonita. Los solitarios del restaurante universitario, esos que siempre comen juntos y en pareja se besaban con velocidad; poniendo la boca en forma de u y repitiendo el movimiento de una gallina comiendo piedras. El enano seguía saltando, buscándose a si mismo en sus deseos. El de anteojos en su cautiverio explosivo se sintió de repente sin rejas. Embistió a los danzantes con gritos e injurias, con oprobios y golpes secos, de nudillos cien veces entrenados contra las paredes de su casa que pagaban su desespero solitario. Pero la gente bailaba aunque cayó sangre sobre el suelo, la gente se encerró en ese mundo de ritmos y alegría. La gente por primera vez se sentía dueña de sus recuerdos, los veían calentándolos ahí cerca de ellos, lo suficientemente lejos para que su fuego no los dañara. Donde hubo luz cayó la oscuridad y donde hubo silencio la música callada marcaba un paso que resonaba con la fuerza y el desorden de los cascos de una jauría en desbandada.

 Cansado, me senté con el viejo. Hablamos un rato más. Qué buena música no. Si muy buena era justo como en mi pueblo, la cantaba mi tía. La mía era una sinfonía, muy bueno el DJ. Una pregunta que no te he hecho, cuando no vas al hospital que haces. Ah si no te dije, busco el secreto de la poción mágica. Que secreto es ese. No te lo puedo decir solo se pasa de boca de druida, a oreja de druida. A mí me gusta ir al cine, le respondí. 

jueves, 21 de mayo de 2009

Amigos,

Muerte mil veces muerte, o vida mil veces vida, o música mil veces música -forma de tortura muy en boga-, en fin, piedras, a quién no reconozca en la normalidad la más clara de las contradicciones. Crónicas ordinarias no porque terminarán siendo vulgares, ordinarias porque serán soeces.

Crónicas de un caraqueño porque seguramente no vuelva a Caracas de aquí a poco. Cuento de una vida en el mundo en realidades microscópicas, narrando mis brincos de país a país en los que haga amigos que duerman cuando coma y que ronquen cuando, en fin, cuando susurre palabras de amor en los oídos de la mujer, u hombre de turno; seamos abiertos.

Por ello declaro el fin de lo correcto, la total aniquilación de lo sensato y porque nada es perfecto todo esto será llevado a cabo con un estilo impropio de quién escribe este manifiesto. Por ello les ruego vean este blog como lo que es.

Primero un tributo, al hombre más atípico. Aquel que me dijera alguna vez que mi estilo era potable y que marcó las crónicas de sus pasos bogotanos con un título que se asemeja al de este modesto blog. Quinto a la locura y a las demás extravagancias. Decimonoveno, a la leche condensada. Quincuagésimo sexto un epíteto de mi persona. Sexagésimo noveno, tenía que hacerlo. La segunda y más importante de las cosas, un himno a todo aquello que por ganas de reír vituperaron, que por ganas de llorar lanzaron al pozo de los recuerdos y que por ganas de explotar nunca se permitieron sacar de sus entrañas o no pudieron. Las otras razones por ser ni francas ni evidentes, no tenían cabida en esta nota introductoria.

¡Cuelguen traidores! aunque poco les recomiendo esto último, pues sello y firmo con lo indicado, mi fecha de muerte. Si algo puedo prometerles es serles infiel, vendido y póstumo. Esto último porque de mi no se sabrá nada hasta que me extinga, día en el que el azar hará que la más plausible de las versiones sea grabada. Ese día recuerden con cuanta fuerza fueron engañados, con cuán poca regularidad fue mantenida esta página, con cuan escasas metáforas e hipérboles fueron arrullados. Ese día les ruego siéntanse perros, que lo único que habré logrado es morir para valer unas quince veces mi precio en oro.

Suyo, o no tanto,

Fractal.